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Las aventuras de una moneda

de Óscar Noé Rodríguez Martínez

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Érase una vez una moneda. Era una moneda pequeñita, casi no tenía valor en la sociedad. Pero... ¡Vaya qué aventuras había vivido ésta moneda! Había ido de mano en mano durante ya diez años, ayudando a las personas a comprar y vender cosas tan extraordinarias. Era cierto que la moneda ya estaba muy sucia y vieja, pero no se arrepentía.

Había estado en manos de una señora muy inteligente durante varios días. Ésta señora tenía problemas económicos. Su marido era muy bueno con ella, pero tenían muchos gastos y deudas. La pobre señora pasaba la vida ideando un plan económico que los ayudara a salir de la pobreza. Un día, mientras el esposo estaba trabajando, la señora logró crear el plan económico perfecto, y en pocas semanas tenían ya suficiente dinero para darse unos lujos no muy caros. Fue aquí cuando la moneda cambió de dueño, pues la señora la gastó en comprarse un kilo de zanahorias.

Ahora estaba en manos de un vendedor de frutas y verduras frescas. Todas las mañanas, la moneda acompañaba al señor a unas huertas enormes que eran propiedad del señor. El señor cortaba muchas y muy distintas frutas, como plátanos, manzanas, piñas, uvas, fresas y naranjas. También cortaba verduras: limones, cebollas, zanahorias, jitomates y apio. Éste señor recorría las calles de la ciudad para vender sus frutas. A la moneda le gustaba ver a la gente salir de sus casas alegre a comprar frutas del señor. Pero un día, el señor vendió medio kilo de naranja, y ofreció a la moneda para pagar el sobrante de un precio.

Ahí volvió a cambiar de dueño. Ahora le pertenecía a un joven flaco y flojo, al cual le gustaba mucho el jugo de naranja. Este joven era muy descuidado y sucio. Siempre tenía una camisa manchada, e iba a la escuela por las tardes. Sus padres trabajaban mucho y casi nunca le hacían caso. Él era muy triste y le gustaba estar sólo. Con éste muchacho estuvo casi un mes, escondida entre lo más profundo de los bolsillos de uno de sus pobres pantalones, hasta que el pobre muchacho llegó muy cansado un día de su escuela y, por no fijarse, tropezó por una piedra mientras caminaba a su casa. Entonces, la moneda aprovechó para salir del pantalón del pobre muchacho, y la moneda rodó y rodó por las frías calles de la ciudad.

En tres días, un anciano afortunado encontró a la moneda y la guardó en una bolsa de su camisa. Poco a poco, la moneda fue descubriendo que éste anciano sufría de problemas respiratorios, pero éste era muy alegre y no se preocupaba por éstas cosas. Lentamente, el señor se fue recuperando, hasta que se curó completamente. Para festejarlo, su familia le organizó una gran fiesta. El anciano se quedó asombrado, a tal grado de llorar de felicidad. La fiesta le gustó mucho al señor. Después de la fiesta, mientras el señor se dirigía a su casa, vio que en un parque había una fuente de los deseos. Pidió un deseo y aventó la moneda a la fuente.

Ahí, la moneda duró años y años, pero no estaba sola. Estaba rodeada de muchas otras monedas, y cada día se incorporaban una o dos nuevas monedas. Ella ya había visto varias situaciones que les pasaban a la gente que la tenía. Ahora, le tocaba a ella tener sus propias aventuras y descubrir el mundo por sí misma. Hoy, la moneda vive muy feliz y tiene muchos amigos. Todos los días se levanta temprano y va con sus amigas para platicar y juegan por horas y horas. Y así, acabaron las aventuras de ésta moneda tan singular.

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