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Carpiña

de Miguel Di Vietro

Voz: Miguel Di Vietro

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Florencia era una nena de ocho años, tablet, tele, pijama party, y todo lo que hacen las nenas de ocho años. Iba a tercer grado, turno tarde y tenía dos o tres amigas inseparables. Hasta ahí, todo bien... pero... casi siempre hay un pero... había algo: a Florencia, de vez en cuando, le daba por inventar algo. No me pregunten qué inventaba. Un invento es un invento, algo nuevo, y cada tanto inventaba algo nuevo. Seguro que estarán pensando en inventos importantes como algún artefacto complicado o una fórmula química para solucionar algún problema de la humanidad. No. No, no, no. Florencia inventaba otro tipo de cosas. Cosas que aparentemente no tenían una gran utilidad. Ella inventaba palabras. O, mejor dicho, palabras y relaciones entre palabras. Para explicarlo mejor les doy un ejemplo: cuando tenía cinco años, en sala verde, algunos compañeros de Florencia empezaban a escribir. Cada uno lo hacía a su estilo. Algunos que tenían abuelas muy pacientes escribían sus nombres y apellidos completos. Otros, no tan afortunados, copiaban letras sueltas. Florencia, hasta ese momento, sólo había dibujado palotes. Era algo entre el dibujo y la escritura, medio indefinido. La maestra no se preocupaba tanto porque cada uno, decía, aprende a su propio ritmo.

Pero un día sucedió algo realmente extraño: en la hora de dibujo libre todos estaban concentrados en su hoja (bueno, todos menos Agustín que se había hecho pis y la mamá lo estaba cambiando). "Casi" todos estaban concentrados en sus obras. Un despiole de lápices, crayones y fibras sobre la mesa; en el piso, por todos lados. Cuando de repente, Adriana, la maestra pasó mirando las hojas y se sorprendió al ver en la de Florencia, en imprenta mayúscula y muy clarito la palabra CARPIÑA. Adriana era una maestra con varios años de oficio y por eso no se mostró tan sorprendida ante la producción. Pero, mientras pasaba, esbozó un significativo ¡Mhhhh..! Después de pasar por otras mesas y charlar con otros nenes volvió. Acercó una silla y se sentó al lado de Florencia. La curiosidad era más fuerte que ella. Quería saber. Miró a la nena y le preguntó: -¿Carpiña?- Ajá-, respondió la nena con seguridad. -¡Qué hermoso Flor es la primera vez que escribís! Dijo la seño. La nena asintió con la cabeza. -¿Y qué quiere decir carpiña? Preguntó la maestra intrigada. -Guiso fuerte de moleta- respondió Florencia sin dudarlo. -¡Ahhhhh! ¡Qué bueno! Dijo la seño que no entendió mucho, pero no quería seguir preguntando para no ser tan pesada. -¿Guiso fuerte de qué?- De moleta- repitió la nena con cara de paciencia.

Sala verde terminó. Buzo de egresaditos y una serie de eventos inevitables llevaron a Florencia a la escuela primaria. Primero, segundo, todo bien... la cuestión empezó en tercero. Hora de Lengua. Perdón, "Prácticas del lenguaje". Había que escribir un cuento con tema libre. Como siempre, cada uno a su ritmo. Algunos escribían como apurados y en diez minutos ya habían terminado. Otros, entre ellos Florencia, se tomaban su tiempo. La maestra, después de dar algunas indicaciones comenzó a caminar entre las mesas. Ludmila, la compañera de banco de Florencia ni siquiera había empezado, y no parecía muy preocupada por eso. Agustín, el nene del pis, había escrito casi media carilla. Y Florencia... Florencia había escrito sólo el título en una letra grandísima que medía como tres renglones. -¿Carpiña?- preguntó la maestra. -Ajá- Respondió Florencia y agregó: -Carpiña. La maestra de tercero era más joven y no tan prudente como la de sala de cinco, e inmediatamente replicó: -¿Y qué es carpiña? Pará, pará: ¿Carpiña o caipirinha? Florencia con la misma cara de paciencia con la que había respondido la primera vez dijo: -Car-pi-ña, guiso fuerte de moleta. La maestra de tercero no se podía quedar con la duda. Como pensando en voz alta repitió: -Mhhh... Guiso fuerte de moleta- ¿Y qué es una moleta? Eso no existe- dijo la seño. Ese día la nena hizo un esfuerzo sobrehumano y como la maestra le caía muy bien porque se reía raro, como un caniche cuando tose: Ja, ja, ja; decidió dar una explicación más: -Moleta es el coso del parumo- Ese cosito redondo que cuelga del parumo- dijo.

Pero ya era suficiente. Cuando la maestra quiso saber qué era un parumo Florencia se calló la boca y no quiso decir nada más. A veces le pasaba eso: no quería hablar más por un rato y punto. Por suerte la maestra tenía otros treinta y dos alumnos que para ese momento ya estaban bastante desordenados y llegó el timbre del recreo largo a terminar con esa situación un poco incómoda.

Cuando uno es docente, docente... lo que se dice docente, no se queda con la duda. La seño contó el episodio en sala de maestros y varios se interesaron en el caso. Sobre todo las seños de primero y de segundo que ya conocían a Florencia. Todas coincidieron en que era una alumna muy aplicada, que hacía siempre la tarea y que colaboraba en lo que se le solicitara. Una de las maestras sugirió: -¿Y por qué no llamás a la mamá?, no se pierde nada-. - Sabés que tenés razón- dijo la seño. -Hoy mismo le mando la notita en el cuaderno de comunicados-.

Al otro día, a las 13 en punto estaban en la puerta de la escuela Florencia y su mamá, de la mano, esperando a la seño. Formación, cada uno a su aula. -¡Hola mami! ¿Cómo estás?- fue la presentación de la seño. Se habían acercado también la vice directora y una psicopedagoga del equipo de orientación, que se habían enterado del tema por comentarios de pasillo.

No fue una charla muy extensa porque rápidamente la mamá explicó que Florencia desde muy chiquita inventaba palabras, frases, cosas. Que ya habían dejado de preguntarle qué era esto o qué significaba aquello porque a veces era bastante complicado para entender y que creían que era parte de una especie de juego.

En síntesis, las conclusiones fueron que la carpiña era un guiso fuerte de moleta. Que las moletas eran los frutos del parumo. Que los parumos eran árboles enormes que crecían en la región de Bentracia y que Bentracia era una zona cuya especialidad culinaria era la carpiña. Más claro: echale agua.

-¡Ahhhh..! ¡Liiiiisto..! Ahora síiii- dijo la seño con expresión de satisfacción. -¡Nooo! ¿Viste que te dije?- le explicaba a la vice que permanecía un poco perpleja. -Lo que yo no entendía era después del parumo, pero ahora síiii...-

La reunión se disolvió y se olvidó con la misma velocidad, y no se volvió a hablar del tema.

Y a Florencia le ocurrió lo que lamentablemente les ocurre a todos los chicos: con el tiempo se convirtió en grande. Terminó la escuela primaria sin inconvenientes. La escuela secundaria tuvo algunas idas y venidas, pero también pasó y llegó el verano de los diecisiete años.

Florencia tenía muchos amigos y entre ellos conservaba algunos del jardín y de la escuela primaria. Agustín, por suerte, ya no se hacía más pis. Salían, iban a bailar y hasta estaban programando las primeras vacaciones solos en la costa. Faltaba un pequeño detalle: el permiso de los padres. Era un trabajo arduo, pero rendiría sus frutos: diez días en Santa Teresita con cuatro amigas: ¡genial! Los padres no pudieron oponerse demasiado. No había nada que reprocharle. Ni una materia a diciembre, buena conducta, y aunque remoloneaba un poco cuando le pedían una mano con la limpieza, al final, siempre cumplía. Con un millón y medio de recomendaciones le otorgaron el permiso.

Llegó enero, bolsos, micro y a disfrutar. Todo bien: playa, boliche. Cada vez menos playa y más boliche. Una tarde mientras las amigas se bañaban después de la playa Florencia salió a caminar sola, sin rumbo. Luego de andar un rato se encontró en una especie de plaza cerca de la zona del Golf, en Santa Teresita. Había una feria artesanal con puestos de lo más diverso. De repente llamó su atención el sonido de una guitarra. Giró la cabeza y vio a varias personas reunidas en torno a un chico que tocaba. Se acercó. Le gustaba la música. Escuchó un tema, dos. Pasaron unos minutos, tal vez una hora y muchos temas. El repertorio del guitarrista se iba acabando y la gente se dispersaba. Sonó el último acorde de la última canción. Un sol mayor brillante. Las cuerdas no habían dejado de vibrar. El guitarrista levantó la vista y sólo encontró los ojos de Florencia. Sonrió. -¿Te gustó?- le preguntó. Florencia se quedó unos segundos más en silencio. También sonrió. -¿Carpiña?- le dijo en voz muy baja. Al guitarrista se le iluminó la cara: -¡Síiiii... ni hablar! Dijo el chico entusiasmado -Guiso fuerte de moleta, lo comí en Bentracia hace unos años en un bosquecito de parumos ¡Es lo más!-.

Florencia tuvo la certeza de que algo había terminado, y al mismo tiempo algo estaba empezando.

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