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El duende de los libros

de Ana María Tarsia

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Betty es la bibliotecaria de la Escuela Nº903 “Aprendo a ser libre”. A las 9 en punto llegó a su aula, como lo ha venido haciendo desde hace más de 20 años. Abrió la puerta con su propia llave y buscó la tecla de la luz.

Cuando la biblioteca se iluminó, la Señorita Betty sintió un escalofrío. Algo raro había en el salón. Entró con desconfianza. Miró los altos estantes llenos de libros. Estaban ordenados por temas y debajo de cada estante había colocado cartelitos: históricos, matemática y física, diccionarios, literatura, enciclopedias, atlas, cuentos y muchos más. La sensación molesta no pasó. Sin embargo todo estaba en orden. La nueva computadora con la funda gris. La impresora, el scaner en su lugar. Un frío le recorrió la espalda. Siguió su recorrida, comprobando que las ventanas estaban bien cerradas. Sobre su escritorio había cinco libros. Los cinco libros que ayer a la última hora habían devuelto los alumnos.

Recordó la época que el escritorio se cubría de libros y libros, que todos leían una y otra vez, casi sin darle tiempo a guardarlos en su lugar. Sabía muy bien quienes los habían traído: Susana de 6to que iba todas las semanas, Ignacio de 5to B. interesado en los viajes al espacio, Sergio y Julieta de 7mo. que buscaban material para una investigación de Ciencias Sociales y Benjamín que no sabía leer pero le gustaba mirar las páginas con fotografías y dibujos. Con cuidado tomó los libros para guardarlos en su lugar, y sin quererlo, uno se cayó al suelo. Al recogerlo, se quedó alelada. El libro tenía las hojas en blanco. Muy asustada abrió los otros cuatro y también ellos tenían las hojas sin escribir. ¿Cómo era eso posible? Apoyó los libros con manos temblorosas en un estante, y abrió alguno de los otros libros que tanto conocía. Todos, todos estaban en blanco... Sin letras, ni dibujos, ni fotos. Recorrió estantes mas alejados, o altos, o bajos y de cada uno sacó algún tomo. Pensó si no estaba soñando, o se había vuelto loca de repente. No encontró ni una sola letra en ningún libro.

Lalo, el portero, entró con el trapo y la escoba, y vio la cara descompuesta de la Srta. Betty. Sin esperar fue en busca de la directora que llegó enseguida. Cerró la puerta ante una indicación muda de la sorprendida Srta Betty.

-Los libros...los libros... Se borraron… - manifestó en voz muy baja.

La sra. Patricia, la directora, también quedó conmovida. Lalo el portero no entendía nada y miraba el trapo y los libros como diciendo “yo no fui”. Llamaron a la policía para denunciar el robo de las letras de los libros de una biblioteca escolar. Cuando llegó el comisario con un cabo, muy molesto porque él tenía que atrapar a verdaderos ladrones y criminales. Pero al ver los libros, no decía más que “¡ Ejem! ¡Ejem!” como disculpándose de haber pensado apresuradamente.

El Cabo husmeó en unos cajones y casi se cayó del susto.

- ¡Aquí están las letras!

- ¿Las letras? - repitieron todos juntos.

- Si, las mayúsculas y las minúsculas, las grandes y las pequeñas, vocales y consonantes.

- En este otro cajón están los signos de interrogación, de admiración, las comas y los puntos. - Exclamaron.

- Aquí están los dibujos, y las fotografías -observó el comisario.

- En este otro los mapas y los gráficos y los ejercicios... -temblando manifestó la Sra Patricia.

Estaban todos muy asustados.

La Srta. Betty quiso tomar alguna de esas grafías, pero la mano no llegaba apresar a ninguna. Era como meterla en un estanque con cardumen de letras y en lugar de agua, había sólo reflejos. Hundía la mano en el cajón, y las letras se movían despacio. Cerró los cajones cada vez más atemorizada.

-Que nadie se entere… -dijo la directora, que ya veía la escuela llena de periodistas y padres, y alumnos curiosos y no tenía ninguna respuesta para darles.

-Cierren con llave. ¡Qué nadie entre! - Ordenó el comisario pensando también para que no se escapen las letras.

- Y, ahora, yo ¿qué hago? - lloraba la srta Betty.

- Vamos a averiguar si ha sucedido algo similar en algún otro sitio… sugirió el cabo imaginándose de la policía científica.

- Entraron en la dirección donde esta la computadora con Internet y después de media hora de navegar por palabras, libros, bibliotecas embrujadas, no habían obtenido ningún resultado.

- Debemos informar a los alumnos… - suspiró con resignación la directora.

Cuando se formaron para entrar después del recreo, trató de explicar lo que había pasado.

La Srta Betty seguía llorando.

Lalo tenía el trapo tan estrujado que lo había hecho hilo.

El comisario hablaba por celular gesticulando.

Cuando los niños escucharon las palabras de la directora y entendieron lo que había sucedido, comenzaron a gritar: ¡QUEREMOS LAS LETRAS! ¡QUEREMOS LAS LETRAS!.

Y casi no pudieron contenerlos porque querían comprobar por ellos mismos el prodigio. Entraron corriendo, apoyaron las manos y la nariz en la puerta de la biblioteca para ver si podían ver algo. No se convencían. También les pasó a los papás cuando fueron a buscar a sus hijos a la salida. Hasta propusieron hacer una marcha.

No se hablaba de otra cosa que no fuera el robo. No. No era robo porque las letras y los dibujos estaban. ¿Qué era entonces?.

El comisario hizo clausurar la biblioteca con un faja rayada, pensando que era más fácil atrapar a los ladrones de autos. Porque en este asunto no sabía qué hacer.

Al día siguiente, era viernes, las cosas estaban igual. La Srta. Betty tenía los ojos rojos por haber llorado toda la noche. La sra. Patricia llamó a la supervisora y se reunió con el presidente de la Asociación de Padres que propuso hacer una kermese o un té bingo para juntar fondos y comprar libros nuevos.

En eso llegó Susana, la alumna de 6to grado que siempre sacaba libros.

- Srta.Betty!, srta. Betty! - la llamó muy apurada.

- ¡Ay, Susanita! ¡Ay, Susanita! - sólo atinaba a decir la bibliotecaria.

- Yo estuve investigando anoche, y sé de alguien que puede ayudarnos.

Hay un sacerdote Jesuita, experto en bibliotecas, que mi papá conoce. Lo llamó y le contó lo sucedido. Le dio la dirección de una señora muy anciana que vive en Alta Gracia, y dice, que puede ayudarnos - explicó la niña muy segura de si misma.

- ¡Ay, Susanita! - repitió la srta. Betty - ¡Ahora la llamamos! - Como si la ancianita estuviera en el otro salón.

- El problema… - siguió explicando Susana - … es que la anciana no tiene teléfono, ni Internet, ni celular. Hay que ir a Alta Gracia a buscarla.

La directora y el presidente de la Cooperadora que estaban escuchando le preguntaron.

- Y... ¿Cómo se llama?

- Y ¿Cómo la ubicamos?

- Dice el cura, que una vez en Alta Gracia, la van a ubicar. Todos la conocen.

El presidente de la Cooperadora, Roberto, se ofreció a ir a Alta Gracia, aprovechando que al día siguiente no trabajaba por ser sábado y de paso aprovecharía para asentar el auto nuevo.

El sábado a la madrugada partieron Roberto, la directora, y el profesor de Educación Física, Osvaldo, que no se perdía ninguna excursión. También le entusiasmaba la idea de manejar, si lo dejaban, el auto nuevo del presidente de la Asociación de Padres. Por las dudas llevó el carné de conducir.

Viajaron casi en silencio, muy preocupados, y en el fondo, desconfiados.

Llegaron a la ciudad de Alta Gracia a media mañana y entraron a desayunar y de paso preguntar a donde encontrar a una anciana que entiende de bibliotecas y libros.

- ¡Si, doña Eulogia Morales! - respondió el mozo sin ninguna duda - Vive a las afueras de la ciudad. Sigan por esta calle, doblen al llegar al lago, después a la derecha, donde está el semáforo, y después le dan hasta que termine la ciudad. Siguen por esa ruta secundaria y allí nomás la van a encontrar. Es una casita blanca con un lindo jardín. Todos la encuentran.

Los viajeros se miraron sorprendidos, al entender que “otros” también la había ido a buscar.

Siguiendo las indicaciones del mozo del café, encontraron sin dificultad la casa de doña Eulogia Morales. Era una casa pequeña, con un diminuto jardín con bellas flores y yuyos de distintas fragancias típicos de los paisajes serranos.

Casi no fue necesario llamar a la puerta, cuando una viejecita, ¡muy! pero muy vieja abrió la puerta y los hizo pasar.

La habitación tenía las paredes tapizadas con libros y libros.

- Tenemos un problema - Empezó a decir la Sra Patricia, casi sin saludar ni identificarse.

- Sí. Ya sé - les interrumpió doña Eulogia - Me imagino cuál es problema. Es obra del Duende de los libros.

- ¿El Duende de los libros? - preguntaron todos la vez.

- Sí… Y si los quieren recuperar debemos movernos rápido… - dijo doña Eulogia y sin otro comentario, se pudo un abrigo, cerró la casa y se subió al auto, como si fuera al supermercado de la otra cuadra.

- Arranca rápido, hijo… - dijo.

Roberto, como estaba muy cansado de haber manejado desde Rosario, le pasó el volante a Osvaldo, contento de haber traído el carné de conducir.

El regreso también lo hicieron en silencio. Doña Eulogia con los ojos cerrados, y la directora y el presidente dormitando. Osvaldo, feliz de conducir el auto nuevo, para no distraerse iba tarareando todas las canciones que había aprendido en el colegio. De pronto las fue recordando a todas : himnos, marchas, chacareras, zambas…

Llegaron a la escuela y de inmediato se dirigieron a la biblioteca. Como doña Eulogia caminaba muy despacito, le trajeron una silla de computación que tiene rueditas y la llevaron por los pasillos de la escuela.

Era sábado a la tardecita. A pesar de eso, estaba Lalo, el portero, Susanita y la mamá, dos maestras y por supuesto, la Srta Betty. Al rato llegó el comisario vestido de fajina.

Abrieron la puerta. Entraron todos los presentes y cuando lo hizo doña Eulogia, todos los libros se movieron como si alguien los empujara desde atrás. Hacían “olas”, saltaban a punto de caerse y volvían a su lugar. De los cajones del escritorio se oía un murmullo indescifrable.

Doña Eulogia Morales se paró. Y muy resuelta habló hacia la parte superior de la biblioteca.

–¡Duendelibro! ¿ Qué quieres ahora? Yo ya estoy muy vieja. Me has hecho viajar muchas veces en este último tiempo.

Vamos. ¡Dinos qué hacer! – la anciana se dirigía al Duende de los libros como una maestra a sus alumnos.

Caía el último rayo de sol. Por entre la ventana superior del aula se coló un rayo que iluminó el sector de los libros Históricos. De allí se desprendió uno, que la Srta. Betty reconoció aún sin letras como el correspondiente a “Los Héroes de mi Patria”. Bajó como volando, y al llegar a la altura del escritorio se posó cual un pajarito tembloroso. Allí se abrió dejando ver dos hojas escritas con una letra pareja y prolija.

Eulogia Morales sacó las hojas y le dijo a Osvaldo, que era el más alto, que volviera a colocar el libro en su sitio.

Después, muy segura, y sin necesidad de anteojos leyó:

- “Si quieren recuperar los libros deberán cumplir estas indicaciones:

1) sacar mejor el polvo de los estantes altos porque me dan alergia

2) reunir a los alumnos y leerles mis pretensiones

3) resuelvan lo que resuelvan, quemaran las hojas y esparcirán las cenizas en el jardín.”

Al oír estas palabras Lalo, el portero comenzó a pasar el trapo con febril actividad por todos lados.

Los demás hablaron de organizar la reunión el lunes a primera hora, para poder avisar a todos los alumnos. Osvaldo dijo que tenía hambre y propuso que fueran a comer.

El lunes a las 10 hs. todos los alumnos del turno mañana y tarde, los padres, los maestros y curiosos en general, el comisario con su traje de gala, reluciente, y los periodistas se reunieron en el gimnasio porque era el único lugar lo suficientemente grande para albergar a tanta gente.

Los alumnos había llevado las sillas de las aulas y con guardapolvo blanco esperaban impacientes la lectura del mandato del “duende de los libros”.

La Sra. Patricia se presentó muy arreglada y haciendo uso del micrófono que le deformaba la voz y se la hacía mas aguda, les explicó a los presentes lo que había sucedido y lo que habían hecho, enfatizando el movimiento de los libros y la luz que ilumino el de los Héroes de la Patria.

Luego, la srta Betty se puso los anteojos con marco dorado que usaba para las ocasiones especiales, leyó muy erguida el pedido del “duende de los libros”.

- Niños, alumnos, padres maestros, a todos en general: “Tenéis una completa biblioteca, pero no le dais ningún uso, La computadora os ha alejado de los hermosos y útiles libros que tenéis para disfrutar, por eso he hecho un hechizo que sólo ustedes podrán deshechizar.

Debéis comprometeros a leer un libro cada uno, chicos y grandes al año.

Si lo hacéis, al quemar estos papeles se romperá el hechizo y volveréis a tener las letras , dibujos y mapas cada uno en su página correspondiente.

De lo contrario, las letras se esfumarán y no podrán recuperarse jamás”

Se hizo un silencio en el estadio. Se oyeron unas toses nerviosas, Se miraban unos a otros. ¡ Leer un libro al año!

Jorge, alumno de 5to levanto la mano - ¿Puede ser uno de historietas?

Marina, que estaba a su lado dijo - ¿Tienen alguna romántica?

Susanita levantó contenta las dos manos y poco a poco todos se animaron y comenzaron a levantar las manos.

- Y yo

- Yo tambien

- Yo voy a leer dos

- y yo, y yo…

Hasta Osvaldo, el profe de gimnasia levanto tímidamente la mano. Le siguieron las maestras, los de la Asociación de Padres y mamás. El personal directivo levantó muy alto la mano derecha en actitud de juramento. Lalo, el portero, se quería escapar pero terminó levantando la escoba.

El estadio se llenó de manos levantadas y risitas, codazos a los más indecisos, mirándose unos a otros, estirando la cabeza, dándose vuelta, los más osados se pararon sobre las sillas

En la primera hilera estaba Benjamín, que le faltaban los dientes de adelante, totalmente hundido en el asiento. Se iba deslizando como queriendo desaparecer. Ahora sólo quedaba él. Los chicos, maestros y padres lo fulminaban con la mirada, sin decirle nada. Con las camaritas digitales le sacaban fotos. Benjamín tenía los ojos muy abiertos y poco a poco, con la mirada fija hacia su maestra de primer grado dijo -Yo no sé leer... -y parándose gritó - ¡¡¡Pero voy a aprender!!!

El gimnasio se llenó de aplausos y vítores.

El hechizo estaba roto.

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