El jardín de la tía Amalita

de Ana María Tarsia

Obtener archivo MP3::Obtener archivo OGG

Tortugón era bajito y gordo. Tenía un lustroso caparazón y movía la cabecita rugosa de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, cuando caminaba por el jardín de Tía Amalita, entre los rojos malvones y las blancas margaritas. Pero Tortugón tenía muy mal genio. Siempre andaba solo. Si otro de los animales que habitaban el jardín de Tía Amalita se encontraba con Tortugón, enseguida se ponía a gritar:

- ¡No me molesten...! ¡Déjenme solo!

Un día, una tímida y colorida mariposa fue a visitar a las flores y se posó sobre el duro caparazón de Tortugón. -¡Salí de allí! -le gritó enojado- ¡Me estás lastimando! -y de un sacudón se la sacó de encima. La mariposa se alejó asustada moviendo las alas de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.

Otra vez, una mariquita muy coqueta, se paró justo por donde venía Tortugón.

-¡Salí de mi camino! -le gritó con voz muy fuerte, y siguió caminando y casi, casi puso su pata gorda sobre la dulce mariquita que se salvó justo justo, moviendo las alitas coloradas de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.

Una tarde de otoño, los demás animalitos del jardín de Tía Amalita se reunieron, cansados del mal humor de Tortugón y se pusieron a pensar qué podrían hacer entre todos para solucionar esa situación.

Un sabio gorrión, que venía de la escuela con mochila y anteojos sin vidrios porque los usaba para darse importancia, se subió a la rama de un rosal y empezó a hablar:

-Déjenlo solo. Traten de no encontrarse con él en el camino y no le lleven el apunte. -Y se fue volando para hacer la tarea.

Los otros animales no estaban muy conformes porque ellos sabían que el jardín de Tía Amalita era de todos y que nadie tenía derechos sobre los demás. En ese momento, un fuerte viento empezó a soplar, levantando hojas secas y arenilla, de abajo hacia arriba. La asamblea se disolvió y se apuraron todos a esconderse en sus nidos, cuevas y troncos ahuecados. El viento era cada vez más fuerte y hacía un ruido como el rugido de un león.

Mientras tanto, Tortugón seguía por el sendero de piedras coloradas que se retorcían por el viento. Muy enojado, Tortugón se enfrentó a él:

-¡Andáte de aquí, viento! -le gritaba, mientras que con las patitas delanteras le hacía frente con los puños cerrados como un boxeador. -¡Me estás despeinando! -seguía chillando Tortugón, aunque no tenía un solo pelo- ¡Si no te vas te voy a dar una patada! -Y movía las patas de atrás para pegarle y seguía amenazándolo con los puños pero el viento volvió a soplar muy fuerte y Tortugón cayó quedando panza arriba.

Cuando calmó un poco el viento, los animales del jardín de Tía Amalita se asomaron despacio. Negras nubes anunciaban lluvia. Y allí vieron a Tortugón, panza arriba, agitando sus cortas y gordas patas de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba y, por supuesto, gritando y gritando contra el viento.

Como la lluvia no iba a tardar en caer, todos se dieron cuenta de que si Tortugón seguía en esa posición se iba a ahogar, porque por sí solo no podría volver a pararse. Llamaron rápidamente al sabio gorrión quien enseguida organizó un equipo de rescate.

Pero cuando se acercaron para ayudarlo, Tortugón les empezó a gritar más fuerte: -¡Déjenme solo! ¡Déjenme solo! ¡No necesito que nadie me ayude! -y cada vez que gritaba y movía las patas de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, se hundía más y más en un colchón de hojas amarillas.

Nadie sabía qué hacer. Las mariposas lloraban y un ciempiés no sabía con qué pata taparse los ojos. El gorrión fue a consultar una enciclopedia que guardaba en el tronco de un árbol.

Los demás se fueron a refugiar debajo de las hojas grandes de las hortensias que los cubrirían cuando empezara la lluvia, pero se quedaron mirando a Tortugón, muy preocupados por él.

En ese momento apareció la Señora Tortuguina, que venía caminando muy apresurada (que no era mucho) por el camino de piedras color ladrillo. Tenía un pañuelo en la cabeza y un delantal de cocina y llevaba en la mano un palo de amasar. Muy resuelta, llegó hasta donde estaba Tortugón, quien al verla, dejó de gritar inmediatamente. Tortuguina, sin decir una palabra, empujó con fuerza a su marido y lo dio vuelta con habilidad; se notaba que no era la primera vez que lo hacía. Todos los animales del jardín de Tía Amalita aplaudieron con ganas. Tortugón y Tortuguina se miraron fijamente. Tortugón iba a protestar, pero Tortuguina todavía tenía el palo de amasar en la mano, así que lo pensó mejor y bajando los ojos, sólo se atrevió a decir "¡Gracias!", muy despacito. Pero como todos estaban pendientes de él, lo oyeron y volvieron a aplaudir.

-¡Vamos! -dijo Tortuguina- que los tortuguitos tienen hambre. Y se fueron juntos, muy juntitos, hasta la cueva en el fondo del jardín de Tía Amalita, justo cuando comenzaba a llover, de arriba para abajo.

Obtener archivo MP3::Obtener archivo OGG

creative commons