Estás en: Cuentos · Para los más chiquitos · El gnomo chocolatero

El gnomo chocolatero

de Alejandro Joos

Voz: Alejandro Joos

::Obtener archivo MP3::Obtener archivo OGG

Cuando escuchamos hablar de gnomos, nos imaginamos a unos seres feos, arrugados y malhumorados... ¡pero no es así!

Los gnomos son tan diferentes unos de otros como nosotros. Los hay trabajadores, vagos, alegres, extravagantes... ¡hay de todo!

Sin embargo, entre esa mezcla de gnomos amigables, tímidos, tristes, compañeros, locos... había un gnomo muy pero muy malhumorado llamado Terry.

Cuando no estaba durmiendo en el hueco que había hecho en su árbol, andaba peleando con otros gnomos.

Era tan gruñón que, un día, se peleó por decimocuarta vez con su vecino y se enojó tanto que juntó sus cosas en una gran hoja, la cerró a modo de bolsa y partió.

¿Adónde? Él no sabía exactamente a dónde iría, así que empezó a caminar y caminar durante horas hasta que se detuvo. Allí el bosque no era muy espeso ya que algunos rayos de sol empezaban a atravesar las tupidas copas de los árboles y, como a Terry no le gustaba mucho la luz, no quiso seguir.

Miró a su alrededor, vio un árbol distinto a los demás y decidió que ese sería su lugar. Inmediatamente, se recostó sobre él y se dispuso a dormir una larga siesta.

-Aquí nadie podrá fastidiarme -pensaba Terry.

Pero de repente, ¡pum!

Unos niños que estaban jugando cerca de allí, sin querer, le habían pegado un pelotazo al arrugado gnomo.

Bruscamente, se levantó de su árbol y empezó a gruñirles y a gritarles groserías sin parar. Ellos, obviamente, no entendieron nada de lo que decía porque no entendían su idioma. Sin embargo, la expresión de su rostro bastó para que salieran corriendo.

El viejo Terry era tan rencoroso que decidió vengarse de los niños, ¿pero cómo? Volvió a recostarse pensando qué maldad podría hacerles, cuando le cayó un fruto ovalado sobre su cabeza. Más insultos salieron de su boca, pero se calló de repente. Seguramente, ese fruto sería venenoso o algo por el estilo, y ya tenía con qué vengarse de los pobres niños.

Hizo un fueguito y metió el fruto dentro de un pequeño caldero entre las llamas y comenzó a tostar las vainas. Necesitaba que los chicos no se dieran cuenta qué era; de lo contrario, no lo comerían.

Luego de un rato, sacó los granos que estaban en su interior. Si era tóxico, en las semillas estaría verdaderamente concentrado el veneno. Es así que las molió, las mezcló con un poco de leche que había traído de su antigua morada y les agregó bastante azúcar para asegurarse de que lo tomaran.

Cansado de tanto trabajo, se acostó a dormir. Al levantarse al día siguiente, observó conforme su creación, pero luego pensó que tal vez los niños no comerían esa pasta hecha bolitas. Así que, decidido, las echó en un jarro, agregó leche caliente y revolvió. Finalmente, tomó esa extraña mezcla y fue en busca de los chicos. No tardó mucho en encontrarlos ya que su casa quedaba a unos pocos metros y estaban en la puerta jugando.

-Chicos, yo sé que estuve mal en insultarlos. Cuando los gnomos ofendemos a alguien y queremos su perdón, solemos... regalarle esta bebida tan rica y costosa. Por favor, bébanla. -inventó Terry con maldad, hablando de mala gana el idioma de los humanos.

Los inocentes niños lo bebieron. Una sonrisa malvada empezaba a dibujarse en la cara de Terry, pero pronto se borró.

-¡Muchas gracias! ¡Es lo más rico que probé en mi vida! ¿Podrías darnos un poco más? -pidieron los hermanos.

-Pero... pero... -balbuceó Terry.

-Ven aquí -dijeron los chicos y, aprovechando que tenía la boca abierta, tiraron un poco del líquido en la boca del gnomo.

Inconsciente de lo que hacía, lo saboreó. ¡Era exquisito! Tan dulce, tan rico. Parecía que todo su cuerpo se llenaba de energía, de un calorcito agradable... ¡nunca se había sentido así antes!

No había hecho veneno: ¡había inventado el chocolate! ¡El gruñón gnomo se había acostado bajo un árbol de cacao!

Inesperadamente, Terry miró a los chicos y comenzó a reírse. Los hermanitos se miraron entre ellos: ¿cómo podía ser? Mientras ellos seguían con la sorpresa en sus rostros, el gnomo partió hacia su árbol con una gran sonrisa en la boca.

Desde ese día, nunca más estuvo de mal humor, jamás volvió a decir una mala palabra, y... ¡claro, me olvidaba! Todos los días, con sol o con lluvia, iba a la casa de los chicos y se juntaban los tres amigos, al caer el sol, para endulzar su vida comiendo chocolate.

::Obtener archivo MP3::Obtener archivo OGG

Safe Creative #0910204711629

Este cuento se encuentra protegido por los términos de la licencia Creative Commons Argentina CC-BY-NC-SA