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La princesa y la hormiga

de Producciones Aler

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Era una vez una princesa que todos los días salía de paseo con sus doncellas e iba a un prado próximo al castillo donde descansaba sobre la verde hierba húmeda.

Pero muchas veces las doncellas jugueteaban por los alrededores persiguiéndose y se alejaban del lugar dejando sola a la princesa.

Esta oía sus risas y sus gritos y a veces levantaba la cabeza para mirarlas por encima de la hierba y sonreía al oírles reír y chillar.

A veces, la princesa, daba un paseo sola por el prado y sus doncellas iban a buscarlas cuando se cansaban de jugar.

-El día que mi padre sepa que me dejan para corretear a sus anchas las va a reñir severamente.

Pero me gustaría verlas disfrutar... la severidad del palacio de mi padre, es una cárcel para ellas y quizás para mí. A mí me gustaría mezclarme con sus juegos, correr tras ellas, pero mi padre me encerraría... no quiere que juegue con ellas, y esa soledad me entristece...

Se sentó sobre una roca al borde del camino. Veía pasar algunos lugareños con sus yuntas de bueyes arrastrando viejas carretas.

Todo aquello era nuevo para ella. Pero aquel camino apenas era usado y la princesa volvió a entristecerse al hallarse sola.

Con un palito estuvo dibujando en el borde del camino y al cabo de un rato vio avanzar por la cuneta una hormiga pequeñita que arrastraba un grano de maíz diez veces mayor que ella.

La hormiguita hacía grandes esfuerzos por arrastrarlo pero muchas veces debía abandonar la tarea para secarse la frente con un pañuelo de hierbas.

-A este paso nunca voy a terminar mi trabajo, y la reina cabeza negra, me va a gritar. Pero yo soy muy pequeñita para tanto grano. ¡Ánimo! ¡A tirar de él!

La princesa contempló sonriendo primero, y compadecida después. Claro, eran los enormes esfuerzos de la hormiguita por arrastrar semejante grano.

¿Quieres que te ayude hormiguita? No puedes entender mi idioma pero me gustaría ayudarte.

¿Dónde tienes tu nido? A mí me sería fácil dejar este grano de maíz en él.

Y trató de quitárselo, creyendo que la hormiga le enseñaría el camino. Pero esta, se enfureció.

-¡Ladrones gordos, robagranos, hurtanueces, suelta mi grano!, que me costó mucho trabajo arrastralo hasta aquí. ¡Vamos, grandota, déjame seguir en paz o te muerdo, ¿eh?

Al ver los gestos belicosos de la hormiguita, la princesa dejó caer el grano de maíz, y la hormiga lo arrastró de nuevo, camino de su nido.

-Uf! Con lo que me costó arrastrarlo hasta aquí, estaríamos frescos. Si quiere mi maíz, que vaya a buscarlo donde yo voy. Carcamán.

La muchacha siguió a la hormiga con la mirada y vio cómo llamaba a una piedra.

Cuatro hormigas guardianas sacaron la piedra y la hormiga dejó el grano.

-Ahí va esto. Apuntad en el registro de entradas. Hormiga 15007, uf! Empezar de nuevo.

Las hormigas cerraron el nido y la hormiguita reemprendió el camino.

-Quiero saber de dónde saca los granos.

Y la siguió.

En la misma cuneta de aquel camino entre hierbas, había un montón de maíz caido con seguridad de alguna bolsa.

La hormiga eligió el grano de mejor aspecto e inició de nuevo su marcha.

-Cogeré un puñado y se lo dejaré a la entrada del nido, así comprenderá que no quise quitarle nada.

En efecto. Llenó sus manos de maíz y los derramó junto al nido. Cuando la hormiga llegó:

-¡Cascanueces! ¡Una lluvia de maíz! ¿Y eh? ¿Dónde está la nube? ¡La muchacha esa! ¡Claro! ¡A ella le es fácil dejar tanto maíz de una vez. Mmmmmm... de todos modos lo hizo para ayudarme. Debería darle las gracias. Pero no me va a entender. ¡Gracias!

Y muy satisfecha, llamó a la puerta de su nido.

-Eh, mira lo que he traído de una vez! Para que veáis, soy una hormiga trabajadora. Me han ayudado, claro, pero eso no importa. Hormiga 15007, no os confundáis de hormiga.

Las doncellas llamaron a la princesa, y ésta, orientándose por las voces, se metió en el prado buscándolas.

Pero había oscurecido y le era difícil orientarse.

-¡Eh! ¡Dónde están! ¿Dónde están?

Oía lejanas las voces de las doncellas, y asustada al encontrarse sola a aquella hora, echó a correr sin ver dónde pisaba.

Al llegar al prado, no se percató de que había unos profundos pozos abandonados y al pisar la tierra, ésta cedió cayendo al vacío.

-Aaaaaaaaay!

Las doncellas llegaron al palacio muy tarde y contaron al rey que la princesa se había extraviado.

Tuvieron que contar que la habían dejado sola y el rey montó en cólera.

-¿Es así como cumplen mis órdenes? ¿Jugando en lugar de vigilar a la princesa? Enciérrenlas en la mazmorra más profunda, y dénles cien azotes a cada una. Y si a la princesa le ha ocurrido algo, el castigo que les impondré será recordado por muchos siglos. Llévenselas de aquí ¡chambelán! Avisad al guardia y disponed de todos los hombres necesarios para buscar a la princesa. Cien monedas de oro al que la encuentre. ¡Vamos, deprisa!

Los soldados del palacio, con teas encendidas, se diseminaron por los campos próximos al prado. En la noche oscura, aquellas teas daban a la búsqueda un tinte dramático. El rey iba también con ellos.

-Doscientas monedas de oro al que la encuentre. ¡No dejen un palmo de terreno sin explorar! ¡Daos prisa! ¡Ustedes, recorran todo el sector, palmo a palmo! Tenemos que hallarla esta misma noche... esta misma noche...

En su caída la princesa había arrastrado para sí parte de la pared del pozo y la tierra y las hierbas la cubrían.

La luz de las teas, desde lo alto, dejaron ver sólo tierra al fondo. Los buscadores pasaron de largo, alejándose del pozo.

Las primeras luces del día, al descorrer las sombras, dieron salida a todos los bichitos del lugar. Cada uno iba a su trabajo alegremente, y de los nidos de hormigas, salieron largas filas de trabajadores que se alejaron por sus caminos secretos. Pero aquella hormiguita fue destinada a explorar un nuevo terreno, y con su mochila al hombro, se lanzó a la aventura.

Y así llegó a los pozos. Se asomó a uno de ellos:

-¡Qué barbaridad! ¡Qué agujero más grande! Debe ser la entrada de un nido de hormigas gordísimo. ¿Eh?

-¡Ay, ay, ayúdame!

-Esta voz me es familiar. Parece que sale de uno de estos pozos. He de ver.

Fue asomándose a todos los pozos hasta que vio a la princesa maltrecha y doliente, en el fondo de uno de ellos.

-¡La muchacha que me ayudó a transportar granos! Debería echarle una pata. Pero no llego al fondo. ¡He de pedir refuerzos al nido!

La hormiga contó el suceso y la reina cabeza gorda mandó varios batallones de hormigas zapadoras.

-Hay que practicar varios peldaños. En la pared del pozo. ¡Vamos, patas a la obra! ¡Rápido, rápido!

La princesa comprendió el trabajo de las hormigas. Y cuando los toscos peldaños estuvieron construidos, salió del pozo.

-Me acordaré de ti, hormiguita y te pagaré este favor.

Un soldado corrió a buscar al rey contándole que la princesa había regresado, y el monarca llegó a palacio.

-¡Hija! ¿Qué te ha ocurrido? Haré apalear mil veces a tus doncellas. Haré cuanto tú digas. ¡Hija, cuánto me hiciste sufrir!

-No quiero que castigues a las doncellas. Déjalas en libertad. Si me permitieras compartir sus juegos, no habría ocurrido esto. Este palacio, para ellas y para mí, es como una cárcel. Cuando salen, quieren corretear y yo las autorizo, como tú no me autorizaste a hacerlo y me quedo sola y triste.

-Está bien, está bien. Las dejaré en libertad y tú podrás divertirte como ellas. Me pareció que siendo tú la princesa, no debías jugar con ellas. Pero me equivoqué. Haré tapiar aquellos pozos para que no vuelva a ocurrir ningún percance. ¡Me alegra tanto volver a tenerte conmigo!

-Quisiera pedirte algo más, padre.

-Pídeme lo que quieras.

-Quisiera un saco de maíz cada año.

-¿Un saco de maíz? ¿Y qué vas a hacer tú con un saco de maíz?

-Si te cuento la verdad, y te explico quién me salvó, no vas a creerlo. Esa bolsa de maíz es el pago que yo pensé.

-Está bien, la tendrás. Daré orden al chambelán para que la transporte a donde tú digas.

A la mañana siguiente la bolsa de maíz fue depositada junto a la entrada del nido, y a partir de aquél día todos los años, al cumplirse el aniversario, las hormigas de aquel nido recibían la bolsa que la princesa les había prometido.

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