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La vuelta

de Miguel Di Vietro

Voz: Miguel Di Vietro

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Anochecía. La última claridad se perdía en el horizonte. Conocía las calles de memoria. Unas casas más. Sólo eso. Algunas construcciones nuevas. En la rotonda, la tercera calle a la derecha. Bajó la velocidad. Abrió las ventanillas para respirar el aire fresco del mar y casi sin darse cuenta llegó a la playa. Era una costumbre casi ancestral. Lo había oído de sus padres y aun de sus abuelos: "Antes de ir a la casa, pasar por la playa. Si hace calor, tomar un baño".

Tres años. Tres años de ausencia. Un viaje. Europa. Complicado. Pero ya estaba de vuelta. Los problemas seguían ahí, agazapados, latentes, distantes.

Abrió la puerta de la camioneta, bajó y estiró las piernas. Seicientos kilómetros en cinco horas era un buen promedio. Pensó que había viajado demasiado rápido, que la próxima vez controlaría la velocidad; y sonrió al descubrir que casi sistemáticamente, después de cada viaje se había propuesto la misma mentira. Le gustaba andar rápido y punto.

De repente una molestia lo sacó de aquellos pensamientos vagamente agradables. -Puta madre, me estoy meando- dijo casi con sorpresa. Había viajado cinco horas sin detenerse. Buscó un lugar apartado. Miró a su alrededor y se dirigió al tamarisco más cercano. Le dio la vuelta. Aunque la explanada del estacionamiento de la playa estuviese desierta se cubrió tras la mata.

Mientras orinaba pensó que encontraría la casa sucia y que tal vez no tuviera electricidad. Tres años sin pagar una factura...

Todavía quedaba un poco de luz solar. No sería difícil abrir el portoncito, meter la camioneta entre los yuyos crecidos y abrir la puerta. Lo de la electricidad era lo de menos.

Algunas luces del pueblo ya se habían encendido cuando se dispuso a volver al vehículo. Dio unos pasos. Saltó un bloque grande de tosca y al caer pisó algo blando. Un movimiento en la arena. No alcanzó a ver qué era.

Contar con detalle los hechos que siguieron sería repetir una historia conocida: ardor, dolor, hinchazón, desesperación.

Lo encontraron temprano, a la mañana siguiente. Apenas había abierto el candado del portoncito.

La yarará de la cruz es rápida y letal y se molesta mucho cuando la pisan.

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