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Luli, comé

de Viviana Santillán

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Lucila estaba sentada frente a un plato de milanesas con arroz. Casi lleno el plato. Desde la sillita alta, el bebé desparramaba puré a sus anchas. Alrededor de ellos, la mamá parecía una gimnasta: iba y venía sacando cosas de la heladera, levantaba los cubiertos que el bebé tiraba al suelo y recalentaba el puré mil veces. Además, cada tanto miraba el plato de Lucila y decía: Luli, comé. Todo muy de todos los días.

Justo cuando Lucila pensaba eso, alguien más llegó a la mesa. Una visita nueva. En realidad era alguien que siempre había estado en miniatura pegado a la puerta de la heladera, en un imán de la pizzería La gata Cata. Pero hoy, quién sabe por qué, se había sentado frente a Lucila y no era el dibujito descolorido de siempre sino una gata tamaño natural, de ojos verdes, que había apoyado sus patitas delanteras sobre la mesa y esperaba educadamente que Lucila le acercara un bocado.

A Lucila le encantó que la gata hubiera venido a compartir el almuerzo con ella, tan aburrida que estaba, y enseguida estiró hacia delante el tenedor con un cuadradito de milanesa dorada y tres granos de arroz. La gata abrió grande la boca y en el instante en que iba a devorarse el manjar, a Lucila le tembló el pulso y el tenedor con todo su cargamento cayó sobre el mantel de flores violetas. No era para menos, con semejante alarido, hasta el equilibrista más concentrado se pegaba un susto y caía. ¡LULI, COMÉ! La gata, ofendida, se esfumó. A Lucila le dio bronca que su mamá le hubiera espantado la visita, eso no estaba bien. Ella misma le había enseñado a convidar, a ser amable y generosa con los invitados. Ser hospitalaria... Esa palabra le gustaba porque la había aprendido hacía poco, cuando en el jardín leyeron la fábula de la cigarra y la hormiga. La hormiga era hospitalaria con la cigarra porque le ofrecía alimentos y la invitaba a refugiarse en su casa. Además, la palabra hospitalaria le hacía acordar a la palabra hospital, y la palabra hospital le hacía pensar en su papá, que era médico. Cada vez que iba a visitarlo al trabajo, lo buscaba entre los señores de pantalón y casaca blanca que andaban por los pasillos hacia los consultorios. Como ese señor que se veía ahora desde la ventana, arreglando una antena en el techo de una casa vecina. Todo vestido de blanco, el señor. Como los doctores...¡como los heladeros!... ¿Qué habría hoy de postre?

Le iba a preguntar a su mamá. Pero no alcanzó a decirle nada porque ella estaba mirándola con los brazos en la cintura y una expresión confusa: la frente arrugada, pero los hombros caídos como si tuviese una montaña en sus espaldas. Lucila no sabía si se parecía a un ogro o a una hormiga a punto de ser aplastada, a mitad de camino entre el enojo y el por favor. Pero cuando la vio con puré en el pelo y la ropa manchada se decidió: su mamá era un ogro aplastado. Sintió pena por ella, pobrecita... Mejor sería comer un poco de arroz. La mamá se tranquilizaba si la veía comer. Y a Lucila el arroz le gustaba bastante. No tanto por el sabor, sino porque cuando había arroz se imaginaba que era japonesa y tenía los ojos así. Así como se los veía ahora a esa nena que se reflejaba en la puerta del horno, que de tan reluciente parecía un espejo... La nena le contó que se llamaba Wang y que sabía hacer animalitos de papel plegado. Y ya estaba doblando la servilleta para hacerle un pájaro cuando alguien se la arrancó de las manos. ¡Luli, comé!, dijo la mamá mientras con la servilleta limpiaba la boca del bebé, desbordante de manzana rallada. ¿Se había vuelto loca? ¿Cómo su mamá se atrevía a quitarle a Wang el pájaro de papel a medio hacer? Lucila quiso disculparse con la nena japonesa, pero cuando miró hacia el horno sólo vio su propia cara, con flequillo y ojos redondos como dos botones... Claro, con el grito, la otra se había ido volando a Japón... Evidentemente su madre estaba empeñada en dejarla sin amigas...

El plato de Lucila seguía lleno. Entre salto y salto la mamá había terminado de almorzar. El bebé también, y ya se había puesto fastidioso porque estaba cansado, así que la mamá le sacó el babero para llevarlo a la cuna y hacerlo dormir... Antes de salir de la cocina, por costumbre, dijo, Luli, comé.

Pero si algo no le gustaba a Lucila era comer sola.

Menos mal que desde la etiqueta del cartón de jugo, alguien le sonreía. El chico rubio de siempre, que en una mano tenía una patineta, y en la otra un vaso de naranjada. Le dio un traguito a Lucila. Y antes de que se volviera a oír la voz de la mamá, desde lejos, diciendo otra vez ¡Luli comé!, ya los dos estaban de picnic, con la boca llena de milanesas y arroz, en un campo de flores violetas igualitas a las del mantel.

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